10.9.13

Los críos de la locura

           Desperté con los dedos tiesos y la carne empapada:
hoy es el día, dije,
hoy empieza o termina:
Azul tierra o fuga de aire:
Me voy al centro de la tierra,
junto a Judas Iscariote.
En mi última presencia soñé con espejos rotos
cuyos fragmentos reflejaban el rostro de las flores
que con su llanto crió la guerra.
Hoy es el día:
turbas de locos, rastreadores del cuero,
ladrones de ojos, enjambres de hienas:
me buscan bajo las sábanas,
refugio donde me arranco el hígado

y se lo doy a los sueños que crió la guerra.

6.9.13

Madre y padre

Cuesta abajo habían rodado ya ocho lunas
dándose muerte a la vera de un riacho febril para
nacerse orbicularmente en el horizonte, que es un círculo rebelde.
Nueve, y se separan, abiertas para el milagro,
bastón que empuña el tiempo en su lecho de crisantemo y laurel,
las piernas como el agua dividida
y es expelido hacia el viento un dios, que la Srta. Ayala,
una enfermera que amó a doctores sin cabeza,
toma entre sus manos y le lava el cuerpo quitándole el vestido de sangre
para devolvérselo a mamá como si hubiera salido
del útero de un helero pulcro.
Vives
Como si el recuerdo arrastrara a la locura
el rostro de un sátiro se implanta en los flancos vírgenes
del ejército de un hombre solo que yace sobre las sábanas.

Papá era un borracho. Todas las noches prendía fuego
mi cabello alisado con su aliento. Todas las noches se moría en la mesa.
Hasta que mamá corrió conmigo entre brazos, y yo creía
que acabaríamos ahogadas en el diluvio que pergeñaron
el Tigris y el Éufrates para purificarnos
impenitentes pirómanos sucios tachonados por bronce dominados
Pero mamá no fue tan lejos. Nos quedamos en casa de la tía Susana,
donde florecí mañana a mañana hasta abrir los ojos en los vergeles.

Vives
En el hospital no pasaba más que el secreto que la muerte
le había confiado a los relojes, un bisbiseo tímido e inmóvil,
única herencia de las horas.
Ella se vio en su hijo mitad ella mitad monstruo
y sesgó con el filo de sus labios, besando la frente nueva,
a la mitad indeseable,
Vives
Y con la decisión perentoria, nacida del recuerdo como llama intrusa y condenada,
tomó a su hijo entre brazos y se deslizó, sombra en sombra,
hacia el ojo ciego donde retoñaba el exterminio de toda impureza.

Él llegó para cuando los gallos se comían entre sí
y la Srta. Ayala le decía

Se fue 

4.9.13

Un juego de guerra

Ella no existía si yo no la amaba:
precoz era la saliva derivándose hacia otra fuente,
la de sus manos o sus pies:
            En ella me inundaba.
Y era entonces tan pequeña que le temía a las briznas
de las judías verdes y a las finas cuerdas del virginal,
que a veces sonaba desde un sucio óleo de Vermeer.
Yo la abrazaba, me hundía como una raíz en su piel,
y a veces salían de sus poros bellas flores sedientas.
A través de los vellos y los abalorios
me tendía la mano y me invocaba sin miedo:
Pues existía solo si la amaba,
pero yo no era más que un recuerdo,
un fantasma que ella creara en solitaria noche de lobos

mientras jugaba Kriegspiel con su sombra.

Finalidad

Siento como si siempre hubiese sido un simple medio
para fines que me son indiferentes:
Afuera juegan la alhacena y los restos de pared que la poseían:
juegan el esperanto y una lengua cortada:
juegan el dátil y el nogal sin cabeza:
Yo no espero más diversión que la de morir.

Y aquí, donde el frío se duerme al desvelo,
arrojo mi cara al piso duro y aplasto en él mis lágrimas:

Siempre he sido un medio para el fin del mundo.

3.9.13

Donde duele la familia

Mi padre me duele, justo debajo del hígado.
Su búsqueda de perro viejo y maldito me encierra sobre las blancas:
Un llamado de muerto, el fuego en los huesos secos:
He estado arrollándome en una pasta de pena y resaca,
con los dedos tensos y la cabeza erguida,
como preparada para el hacha del verdugo.
Su búsqueda no es la mía,
pero mi búsqueda quizá sea la suya:
Por eso asomo los ojos sobre la tinta, que acumula un horizonte,
y lo veo, y lo detesto, y se desliza ya pira de vértigo angustiado:
me veo dando zancadas en sus ojos,

evitando los esquemas de su sangre.

2.9.13

Bajo la lengua de la serpiente

Luego del invierno pero no todavía en la primavera,
ella se dejó caer junto al terciopelo manchado.
Le dolía la cabeza y tomó algunos medicamentos,
pero sabía que su dolor venía de la nieve o del río helado,
y por lo tanto era irreversible.
Lloró entonces casi sin cederle un paso a la muerte,
animal de jaula, acorralada fiera que se partía los dientes:
oyó trompetazos y soliloquios hediendo en las calles de fantasía:
Ella también estaba quejándose sobre la piel del hombre,
esa que conocen las uñas y los tatuajes,
esa que mordió lo que a la manzana hizo del pecado.
Cuando cerró los ojos, aún el corazón le hablaba:
murmullos de una primavera inexistente:

una marquesina del odio.

Un debate de más

En una charla de las últimas que tendría públicamente,
en la cual se debatía si la poesía viva o la poesía muerta,
un hombre, un poeta joven y ampuloso cuyos versos venían del semen,
me echó en cara la indiferencia.
Yo pregunté ¿cuál? ¿La suya o la mía?
Todos entonces guardaron silencio, porque era finalmente la vergüenza
que terciaba su sombra sobre los sombreros raídos.
          

            Los hombres inclinados son los únicos que no le deben nada al cielo.