12.4.14

El descenso

Bajo por el útero del tiempo,
hacia las reversas estaciones,
la gruta del honor donde yacen consumidos héroes:
Bajo hacia la piedra y su lomo,
ruedo en su espina y rasuro sus miembros:
Rueda hacia arriba, canto devorado, de pluma muerta:
Bajo como el día al amanecer muerto,
que cae como el grito de Roma en fuego,
cayendo inversamente hacia lo inmortal:
Bajo por los bejucos del conciente,
lo mudo, la carcasa de diccionarios que protegen
el equilibrio de las fronteras:
Bajo como el final, fuego recíproco,
agua recta, evolución de la noche:
Reviento en la caída sobre el último páramo,
allí donde sin paciencia espera usted
que el tiempo se frene y arranque las horas de su cara:

Ha ido, lector, leyendo esto, de arriba hacia abajo,
no sólo ha descendido su dedo o su mirada,
ha visto también mi descenso:
Pero, lector, déjeme hacerle una pregunta:
¿Cómo sabe usted que esto es un poema

y no una trampa? 

9.4.14

El cuerpo sueña el sueño

Sueño con tu pelo de caballo, tu pelo roto,
tus ojos de latón y hortalizas, tus dedos de concordancia,
sueño tus labios de arrebato, tu boca de bestia,
tus dientes de astrolitos, de birlochas empapadas,
sueño tus tetas de tierra, tus pezones de sangre,
sueño tu ombligo de sombra, tu ombligo vórtice,
sueño tu sexo de agua, tu sexo de baldaquín escarlata,
sueño tus piernas de soto, tus piernas de seísmo,
sueño tus uñas de caracol, tus uñas de fiebre,
sueño tu espalda de nido, tu espalda de aire,
sueño mi sueño en tu cuerpo, tu cuerpo de sueño:
Sueñas mi sueño en tu cuerpo,
y me despierto,

y nada puede ya desnudarte. 

8.4.14

El niño y la vieja


A Glady Orellana

Sentado sobre el trueno, doblado en segundos,
surjo de la abstracción al fuego:
Hay flores saliendo de los poros,
flores sin aire ni destreza:
Son gritos de pájaros vacíos:
Luna de musas, vaginas como peces cruzando la tierra,
vergas como tábanos buscando la sima de la sangre:
Así de inútil es la noche donde se duermen las noches:
Hay insomnio en el té, tu rostro de tiburón norteño,
tus dientes calados, de buey, tu lejana boca de sequía,
giralunas cóncavas son tus ojos,
marea seca de miradas:
Belleza ya olvidada, te debo una herida:
Y como león echado te oigo sin morir,
hermosa en el orden de los sotillos y la locura de estío:
Caos de infancia y resumen de lo vivo:
Tu recuerdo me arrasa, me envejece, me vuelve senil:
Vuelvo a la forma primaria, al sentido primitivo del afecto,
tu cascada de leche llena las grietas de mi cara,
tu saliva, nieve muerta, me albea el cabello,
tu risa reventada me alarga las uñas:
Me arrugo en la espera, el tiempo se arruga conmigo:
Madre de las vacas y la cornucopia quebrada,
estoy sentado, y solo no soy más que yo:
Envejeces y te espero envejeciendo,

como un niño siendo parido por la muerte.

7.4.14

Una editorial ingenua

Otra vez, las superestrellas intelectuales, la grasa de la clase media: El debate sobre la validez moral o inmoral de los linchamientos me parece irrelevante. No es momento, como hacemos siempre, de morder el hueso cuando ya está desnudo. No es momento nunca cuando ha ocurrido la tragedia. Esto puede deberse a que el ser humano necesita la tragedia de los otros para sobrevivir, saber que su vida significa algo en algún punto: Muchos se preguntan y se siguen preguntando si matar a un hombre por la subjetiva visión de justicia o por meros despojos circunstanciales es justo. La pregunta está mal direccionada. Cuando el moralista, el que cree conocer su ética y ser su caballero guardián, niega que pueda existir justicia en este hecho y clama por el accionar de las leyes impuestas, las que máximas, eximen a los hombres de ensuciarse, sean las que actúen. Ahora, cuando enviamos a alguien a la cárcel o a la horca (metáfora dramatizada) ¿Sabemos a dónde lo estamos enviando? Me remito, con temor, a palabras del criminólogo noruego Nils Christie, cuyo valor será relativizado por el lector, pero que como disparador de mi planteo es axiomático. Dijo Nils en alguna entrevista: “El castigo frente a un hecho delictivo es uno de esos conflictos. Suena como algo bastante técnico y, sí, hay una cuestión técnica: si una persona comete un crimen tendrá una determinada cantidad de años de prisión. Pero esos años de prisión son, en realidad, años de sufrimiento impuesto. No es algo fácil de ver pero lo que estamos haciendo en la actualidad en derecho penal es infligir dolor.” Dado que, aparentemente, el dolor es un medio para invitar a la reflexión, no solo de criminales sino de cualquier ser humano, cuestiono si es esto moralmente más correcto que un linchamiento. El linchamiento es un acto casi animal, instintivo, mientras que apelar a la justicia y el castigo “correcto”, de lo cual la mayoría desconoce sus consecuencias, es un acto premeditado, lógico, justo. Pero cuando el sistema penal en la Argentina es peor que una condena a muerte, cuando es un lugar donde se invita a los criminales a reflexionar mientras son despojados de su propia dignidad como seres, cuando son rebajados al proceso de ganado, cuando se los expone a las miserias de las enfermedades, las violaciones, las golpizas, el hambre, ¿dónde queda la conciencia del buen accionar? En la elusión de la problemática. No somos responsables del hado de nuestro victimario: la justicia se encargará de ello. Sin aceptar, siquiera excusar, los linchamientos, conjeturo que aquí, en esta elusión, se encuentra una impiedad aún peor: La de dejar a un hombre al destino de una muerte sin muerte, de un dolor constante, de un aprendizaje salvaje.

Acudo entonces a que las mentes tan ocupadas de ver el árbol y no el bosque se pongan a mirar, antes, las raíces de ese árbol. Las circunstancias en las que muere un hombre relativizan su contexto, pero su contexto en sí mismo no puede ser eludido: Si hemos sido llevados a matarnos mutuamente y esto, en el punto de realidad y no de elusión, nos aterra, pensemos qué es lo que estamos dejando de lado. Porque sería fácil exponer los planteamientos de siempre: Esa persona ha elegido el dolor. Bien, ha elegido qué hacer con su dolor, esto es, en casos de criminología, la delincuencia, pero, ¿quién lo ha empujado a eso? ¿Somos acaso ajenos a la realidad de los que son empujados a la miseria? Esas personas ya han vivido bajo el yugo y la lógica de la justicia penal, pero sin haberlo buscado: Sus vidas han sido una prisión, y peor, desde el principio. ¿No somos responsables de haberlos enviado a esa prisión llamada miseria, a esa primera condena? ¿No hemos sido nosotros, los indiferentes, los que hemos creado al delincuente? ¿No hemos sido nosotros, a medida que el dolor crecía en ellos, los que han buscado la excusa para linchar? ¿O es acaso la raíz del problema inmune a reflexiones, ya que es necesaria o servil a la maquinaria de la capa social que debe seguir alimentando al monstruo?   

5.4.14

El sueño del poeta




Se levantó reluciente, nombrado por cada letra del abecedario,
bendecido por cada pluma del sol diurno, lleno de hambre:
Caminó sobre el pasto de la casa hasta la heladera de oro:
Sacó naranjas rojas y miel transparente:
Comió angosto, sonriente, mientras por la ventana
observaba el desfile de todos los animales hermosos:
Se vistió con hilos de agua y se puso zapatos siameses,
y salió afuera:
Saludó en la calle a la Srta. Fitzroy y a su bebé de viento,
ella volvía de cambiar de marido en el mercado,
y uno nuevo, joven, duro, estrepitoso como una ola,
la acompañaba:
Cruzó los puentes revertidos de la aristocracia,
siguió por el bello camino de peces que llevaba al prado lunar:
Allí se sentó a la sombra de un titán de caliza,
abrió un libro perentorio cuyas páginas eran radiales y azules,
y esperó al amor sobre las doce del mediodía:
Era amado, claro, bella mujer con un nido en la boca,
niña hecha de colmenas y fuego, de ojos subversivos,
de altos suspiros elevados al eje del beso:
Se tomaron de las manos y regresaron a casa luego de comerse
a unos niños de caramelo que regalaban en la plaza:
Llenaron la soledad de sexo, sexo rosa, híbrido,
multitud de muertes en una belleza enemiga:
Suspiraron la cena y se despidieron bajo el amanecer redimido:
El volvió sonriente a la cama, el mar de reposo,
la altura de todas las cosas, el triunfo de una vida:

Al día siguiente despertó,
y le ardían las manos:
Miró a su alrededor, la casa destruida, la verdad en los escombros,
se lavó la cara con sangre, comió un pan duro,

y con los ojos escribió este sueño. 

Los buitres

Cucarachas avanzan militares, brasa quema los dedos,
humo crea espacio, multiversos en la cara:
El desarrollo es la negación de la muerte,
la negación de la muerte es el desarrollo de la nada:
Culminación estética de la intrascendencia,
impropiedad de la finitud,
doma de tormentos en la noche alzada,
descubrimiento de la falta en la presencia:
¿Quién es? La pregunta se desarma, se desangra:
Nadie, y a la afirmación le sigue el instinto:
Las águilas y los mandriles devoran por limitación:
De muerte, la real fortaleza, la diva,
órbitas circunscritas al propio conocimiento,
al deseo de duda y violencia,
al recreo que la realidad permite:
El gran círculo de buitres sobre nosotros,
extendidos sobre la ignorancia de la soledad:
No giran sobre nuestras cabezas porque se acerque la muerte,

sino porque huelen el duelo de la vida.

1.4.14

Intermitencias de la noche


A Leila Ruiz
Tú decides lo que es más importante:
Tu papel en la obra o la obra en sí misma.

Leutece

I

Un hombre sobre un elefante recorre la noche
y su camino son sus pensamientos:
Las gruesas pisadas retumban en los arquetipos, la calina:
Los ojos en sangre y la fábrica traquetean,
anunciando el latido del próximo amanecer:
Suda hombres, absorbe mujeres y niños,
verdes de ignorancia sobre la existencia:
alabados sean.
Son leones raudos los coches, son presas, son destino:
El asfalto palpita y ennegrece, se dobla,
en él se abre la lluvia y la luz de las marquesinas:
Avión o águila, la presa es la misma, mismas las alas,
violencia de ladrillos, respuesta a los vergeles:
Latencias, ondas de radio que crean hombres del barro:
Marcha fúnebre o militar, rutina ensordecedora,
el hombre bate sus alas para limpiarse la verdad:
Somos incoloros a los ojos del tiempo:
Usted, es usted, lector, el hombre sobre el elefante,
y el elefante es su tragedia.

II

Saber que la locura y la muerte son enemigas,
se odian, pues una desmiente a la otra:
As i lay dying, cantó el sureño,
el asesino de cuervos:
Yo soy esa muerte,
ese punto final
que nadie espera.

III

La soledad todo lo ha dicho:
El y ella se olvidan.
El mundo los recuerda a veces,
cuando hace eco el muro:
Porcelana y laberintos,
amor negro en las tazas:
Se ignoraron para encontrarse,
como oriente y occidente,
que confundidos
ocupan su lugar equivocado en el reverso del mundo.

IV

Lector, la evoco:
¿Cómo no hacerlo, si todo lo atraviesa,
si quizá usted, lector, sea ella?
Barro su borrasca con tizne:
arrasa con el alba:
pierdo sus caminos con los ojos:
bifurca la mirada:
anulo sus faros en la memoria:
levanta soles en la escollera:
freno su sonido, que agrieta rostros:
impulsa la vejez en la música:
rompo las musas de sus tabernáculos:
erige arte en los mercados:
toso su suspiro de árbol:
planta nostalgia en la tierra.

Días de hollín y lamentos secos,
de besos sin sangre, de estaciones sin huesos:
¿Cómo no reclamarla a la ausencia,
a todo lo ajeno a esta noche,
si quizá sea ella quien escribe esto, lector?


V

No sé dónde estoy ni sé lo que fui:
No sé dónde fui ni sé lo que soy:
Los pájaros tragan ausencia
y caen a la tierra vacíos.

VI

Un mono sobre un negro:
Mi boca estalla de tabaco:
El humo la diosa y lo eterno:
La noche es una selva despierta.

VII

Mi barba acumula
27 años de mugre rabiosa, de sangre paralela,
de amor en palanganas, orfandad sísmica,
polvos y cuchillos de polvo, ratas,
caricias como puertas en la carne, 
llagas de esperanza, apoteosis de la ruptura:
Panteón marino, presión del agua,
mi barba acumula la historia desangrada:

No pude encontrarme porque no me he perdido,
pero,
¿Cómo perderse

cuando no hay nada que encontrar?