24.11.18

El padre de arena

Sin puertas existo, abierto. Ellas duermen.
Cártago.

Un gemido gentil, otro sin aire.
Estos fósiles deben ser de dios.

Alargo mi sombra sobre ambas.
Hermosos, durmientes rostros.
¿De qué puedo proteger si no es de todo?
Las colinas dobladas, el dedo de una serpiente:
El dolor valiente de mi segunda alma,
sus pezones rotos:
El asombro doliente de mi inocencia,
sus pequeñas manos blancas:
El viento les cruza la frente,
mi alma les cruza los ojos:
No hay sombras, no hay zapatos,
no quedan monedas, no hay tristeza:
Hay sus brazos,
damas del tiempo y el espacio:
El mundo debió crearse
al encontrarse sus miradas:
El amor se cría durante el alba.

¿Duermen, amores míos? ¿O simplemente sueñan
con que yo estoy despierto?

5.6.18

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alguien llora al lado mio?

25.4.18

Todos los que mataron a la poesía XXIII

Serán Ceniza
de José Ángel Valente


Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

19.4.18

Día -31



Un solitario, pequeño, suicida. Frente a la majestuosa miseria de una vida entera se detiene para respirar impreciso. Dios está en el suelo, llorando.  O es otra historia. No recuerdo su rostro.
Bajo mis pies algo grita. Lo oigo entre las uñas.
Nací enfermo. Crecí. Morí. Resucité a los pocos días, bajo la pristina tristeza de la lluvia. Ella abrió mis ojos abriendo los suyos. O cerrándolos. Recordar siempre fue un problema. La miraba, era diosa. Latiendo sobre un tigre mayúsculo se devoraba los pecados con los dedos desnudos.
Yo fui salvado. Por nadie. Fui puesto en una transición, en el medio de las vidas de todos. Yo era el puente entre sus vidas y la felicidad. El puente que luego miraban por encima del hombro, sólo para asegurarse de que no se habían dejado nada en mí. Mi orgullo me hizo creer que había sido algo más importante, no la transición, sino la trascendencia. Me equivocaba como la luz de un día se equivoca creyéndose única. O como el sol imbécil que se despierta siempre para entender que es el mismo él hasta el fin de los tiempos.
El telgopor ardiendo sobre mi espalda, luego de salvar a mi padre de ser prendido fuego por mi madre. O era el perro que mataron mientras yo me hacía el dormido. O la tierra que se desprendía de sí misma, para desconocerse.
Y cuando el fin de mis días llegó, por mis propias manos, sangre, un cuchillo sucio, ella me despertó de un sueño que no quería perder, y resucitado me condenó con todo su amor, con todo el amor de la tierra, a ver el fin del mundo conmigo acabado.

27.2.18

Lenguas de Tasmania

Sin ruido:
La tierra en mis pies:
La peste en la tierra:
La muerte en la peste:
La nostalgia en la muerte:

El día anterior a la muerte,
el día que nos existió a todos:

Este día infinito

24.1.18

Katte

estoy crucificado entre una luna de katanas:
si el circo sobrevive a la fiesta veremos muertos:

Recuerdo a un perro que en vida no fue mío,
pero ahora lo es:
Fue nuestro perro:
Se sentaba en la puerta de la casa a mordisquear un hueso,
siempre el mismo hueso:
El dueño (-yo -tú -ellos) no podía quitarle ese hueso:
No pudo nunca:
El perro murió y fue enterrado con su hueso:
El dueño (-nosotros)
lo visitaba a la tumba de cuando en cuando,
y se (te) arrancaba (s), una vez por visita,
algún hueso que ya no le era útil (pues la muerte lo/nos venía a buscar),
y se lo dejaba sobre la fría tierra del túmulo:
Nunca pude saber si lo hacía (¿lo hacías? ¿Lo hacíamos?)
por nostalgia
o por permanecer siempre recordado
en los mordiscos de un perro muerto
-Objetivismo insustancial, como todo lo objetivo

en subjetiva inhibición de la no materia.