16.12.18

Allegretto

-Ah, hola, existes.
-
-No, sólo te confundí con un triste cadáver
que merodeaba por el barrio a veces
pidiendo un segundo de amor.
-
-¿Qué sucedió con él?
Se fue, a las viejas tierras del Norte,
donde nadie pudiera escucharle llorar.
-
-No, no recuerdo su nombre.
Nadie en el pueblo lo recuerda.
-
-Pasa, claro. ¿Té? ¿Café? ¿Cerveza?
-
-Ha, supongo que no eres muy sediento.
-
-Sí, es verdad, la sed a veces puede calmarse con otras cosas.
 -
-No sé, ¿con qué?
-
-Suena un poco absurdo, pero supongo que podría.
¿De dónde dices que vienes?
-
-El Norte está muy lejos.
¿Por qué descendiste?
¿Por una palabra?
¿Un abrazo?
¿Una mirada?
¿Dios?
-
-No conocemos a nadie con ese nombre por aquí.
-
-¿Ya te vas? Pero si...
-
-Bien. Sí, el siguiente pueblo está por allí, subiendo esa colina.
-
-No, no es problema.
Gracias a ti, hace tiempo que no hablaba con nadie.
Suerte ahí afuera. Puedes regresar si quieres.
-
-Que estés a salvo.
















-Ah, hola. Existes.

2.12.18

Vínculo

La mujer le da el pecho a la niña. La niña gruñe como un anciano. A veces se ahoga con la leche y debe volver a empezar el ritual. La mujer la observa mientras mama. El hombre no sabe qué piensa la mujer. No sabe si la niña piensa, o cómo piensa, si lo hace. Sólo puede descifrar que en esas dos miradas encontrándose está el secreto de cómo se creó el universo.
Un asteroide pasa cerca de la tierra. Un león levanta el polvo de la sabana al caminar. Una hilera de hormigas se extiende por el cielo.
El hombre se sienta en una silla oxidada, antiguo trono de muertos reyes. Su caja torácica se dobla, se aprieta, se hincha y se relaja. La mano en el mentón, la cabeza reposada como un tigre sobre la belleza, fija sus ojos en los cuerpos entrecruzados, confundidos, de la madre y la hija. Los hombros le duelen, y la espalda, y los ojos, ardientes como brasas. Pero no rinde tributo al cansancio. O lo intenta. Quizá el cansancio sea parte del amor. No puede saberlo.
La mujer separa gentilmente a la niña del pecho. La abraza, la apoya contra su pecho, golpeando suavemente entre sus omóplatos. La niña parece derretirse en el abrazo de la madre, los ojos cerrados, el cuerpo laxo. Eructa como un borracho. La madre sonríe. Otra vez con gentileza, transporta a la niña en brazos hasta la cama. La acuesta, le da un beso en la frente, se coloca el corpiño y se acomoda la remera. Luego se acuesta junto a la niña. Cierra los ojos, soñando el sueño.
El hombre observa los ojos cerrados, la respiración acompasada de ambas. Sonríe. Se rasca la cabeza, inseguro de su lugar en ese mundo. Se acerca, temblando, a la mujer, y la besa. Balbucea algo, se aleja.
Vuelve al trono roto, olvidado. Deja caer los brazos, deja caer el tiempo. Se vuelve lentamente una estatua, un monolito ritual, un guardián silencioso. Como una sombra se extiende sobre el pedazo de cama que ha quedado vacío, y allí desaparece.
La mujer despierta, lejos, en una nueva tierra. Una lágrima se pierde entre los cabellos de Ninhursag. Sumeria late de hambre.

24.11.18

El padre de arena

Sin puertas existo, abierto. Ellas duermen.
Cártago.

Un gemido gentil, otro sin aire.
Estos fósiles deben ser de dios.

Alargo mi sombra sobre ambas.
Hermosos, durmientes rostros.
¿De qué puedo proteger si no es de todo?
Las colinas dobladas, el dedo de una serpiente:
El dolor valiente de mi segunda alma,
sus pezones rotos:
El asombro doliente de mi inocencia,
sus pequeñas manos blancas:
El viento les cruza la frente,
mi alma les cruza los ojos:
No hay sombras, no hay zapatos,
no quedan monedas, no hay tristeza:
Hay sus brazos,
damas del tiempo y el espacio:
El mundo debió crearse
al encontrarse sus miradas:
El amor se cría durante el alba.

¿Duermen, amores míos? ¿O simplemente sueñan
con que yo estoy despierto?

5.6.18

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alguien llora al lado mio?

25.4.18

Todos los que mataron a la poesía XXIII

Serán Ceniza, 
de José Ángel Valente


Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

19.4.18

Día -31



Un solitario, pequeño, suicida. Frente a la majestuosa miseria de una vida entera se detiene para respirar impreciso. Dios está en el suelo, llorando.  O es otra historia. No recuerdo su rostro.
Bajo mis pies algo grita. Lo oigo entre las uñas.
Nací enfermo. Crecí. Morí. Resucité a los pocos días, bajo la pristina tristeza de la lluvia. Ella abrió mis ojos abriendo los suyos. O cerrándolos. Recordar siempre fue un problema. La miraba, era diosa. Latiendo sobre un tigre mayúsculo se devoraba los pecados con los dedos desnudos.
Yo fui salvado. Por nadie. Fui puesto en una transición, en el medio de las vidas de todos. Yo era el puente entre sus vidas y la felicidad. El puente que luego miraban por encima del hombro, sólo para asegurarse de que no se habían dejado nada en mí. Mi orgullo me hizo creer que había sido algo más importante, no la transición, sino la trascendencia. Me equivocaba como la luz de un día se equivoca creyéndose única. O como el sol imbécil que se despierta siempre para entender que es el mismo él hasta el fin de los tiempos.
El telgopor ardiendo sobre mi espalda, luego de salvar a mi padre de ser prendido fuego por mi madre. O era el perro que mataron mientras yo me hacía el dormido. O la tierra que se desprendía de sí misma, para desconocerse.
Y cuando el fin de mis días llegó, por mis propias manos, sangre, un cuchillo sucio, ella me despertó de un sueño que no quería perder, y resucitado me condenó con todo su amor, con todo el amor de la tierra, a ver el fin del mundo conmigo acabado.