una odisea
al lado del llanto
un lago
al lado de la mano
un dolor
al lado de la hoja
un miedo
al lado de un castillo
una niña
al lado del viento
una guitarra
al lado del cenicero
un ciervo
al lado de una sombra
una mano
al lado del miedo
una palabra
al lado de un cadáver
al lado de la muerte
sólo un hombre
solo uno
solo
14.6.19
16.12.18
Allegretto
-Ah, hola, existes.
-
-No, sólo te confundí con un triste cadáver
que merodeaba por el barrio a veces
pidiendo un segundo de amor.
-
-¿Qué sucedió con él?
Se fue, a las viejas tierras del Norte,
donde nadie pudiera escucharle llorar.
-
-No, no recuerdo su nombre.
Nadie en el pueblo lo recuerda.
-
-Pasa, claro. ¿Té? ¿Café? ¿Cerveza?
-
-Ha, supongo que no eres muy sediento.
-
-Sí, es verdad, la sed a veces puede calmarse con otras cosas.
-
-No sé, ¿con qué?
-
-Suena un poco absurdo, pero supongo que podría.
¿De dónde dices que vienes?
-
-El Norte está muy lejos.
¿Por qué descendiste?
¿Por una palabra?
¿Un abrazo?
¿Una mirada?
¿Dios?
-
-No conocemos a nadie con ese nombre por aquí.
-
-¿Ya te vas? Pero si...
-
-Bien. Sí, el siguiente pueblo está por allí, subiendo esa colina.
-
-No, no es problema.
Gracias a ti, hace tiempo que no hablaba con nadie.
Suerte ahí afuera. Puedes regresar si quieres.
-
-Que estés a salvo.
-Ah, hola. Existes.
-
-No, sólo te confundí con un triste cadáver
que merodeaba por el barrio a veces
pidiendo un segundo de amor.
-
-¿Qué sucedió con él?
Se fue, a las viejas tierras del Norte,
donde nadie pudiera escucharle llorar.
-
-No, no recuerdo su nombre.
Nadie en el pueblo lo recuerda.
-
-Pasa, claro. ¿Té? ¿Café? ¿Cerveza?
-
-Ha, supongo que no eres muy sediento.
-
-Sí, es verdad, la sed a veces puede calmarse con otras cosas.
-
-No sé, ¿con qué?
-
-Suena un poco absurdo, pero supongo que podría.
¿De dónde dices que vienes?
-
-El Norte está muy lejos.
¿Por qué descendiste?
¿Por una palabra?
¿Un abrazo?
¿Una mirada?
¿Dios?
-
-No conocemos a nadie con ese nombre por aquí.
-
-¿Ya te vas? Pero si...
-
-Bien. Sí, el siguiente pueblo está por allí, subiendo esa colina.
-
-No, no es problema.
Gracias a ti, hace tiempo que no hablaba con nadie.
Suerte ahí afuera. Puedes regresar si quieres.
-
-Que estés a salvo.
-Ah, hola. Existes.
2.12.18
Vínculo
La mujer le da el pecho a la niña. La niña gruñe como un anciano. A veces se ahoga con la leche y debe volver a empezar el ritual. La mujer la observa mientras mama. El hombre no sabe qué piensa la mujer. No sabe si la niña piensa, o cómo piensa, si lo hace. Sólo puede descifrar que en esas dos miradas encontrándose está el secreto de cómo se creó el universo.
Un asteroide pasa cerca de la tierra. Un león levanta el polvo de la sabana al caminar. Una hilera de hormigas se extiende por el cielo.
El hombre se sienta en una silla oxidada, antiguo trono de muertos reyes. Su caja torácica se dobla, se aprieta, se hincha y se relaja. La mano en el mentón, la cabeza reposada como un tigre sobre la belleza, fija sus ojos en los cuerpos entrecruzados, confundidos, de la madre y la hija. Los hombros le duelen, y la espalda, y los ojos, ardientes como brasas. Pero no rinde tributo al cansancio. O lo intenta. Quizá el cansancio sea parte del amor. No puede saberlo.
La mujer separa gentilmente a la niña del pecho. La abraza, la apoya contra su pecho, golpeando suavemente entre sus omóplatos. La niña parece derretirse en el abrazo de la madre, los ojos cerrados, el cuerpo laxo. Eructa como un borracho. La madre sonríe. Otra vez con gentileza, transporta a la niña en brazos hasta la cama. La acuesta, le da un beso en la frente, se coloca el corpiño y se acomoda la remera. Luego se acuesta junto a la niña. Cierra los ojos, soñando el sueño.
El hombre observa los ojos cerrados, la respiración acompasada de ambas. Sonríe. Se rasca la cabeza, inseguro de su lugar en ese mundo. Se acerca, temblando, a la mujer, y la besa. Balbucea algo, se aleja.
Vuelve al trono roto, olvidado. Deja caer los brazos, deja caer el tiempo. Se vuelve lentamente una estatua, un monolito ritual, un guardián silencioso. Como una sombra se extiende sobre el pedazo de cama que ha quedado vacío, y allí desaparece.
La mujer despierta, lejos, en una nueva tierra. Una lágrima se pierde entre los cabellos de Ninhursag. Sumeria late de hambre.
Un asteroide pasa cerca de la tierra. Un león levanta el polvo de la sabana al caminar. Una hilera de hormigas se extiende por el cielo.
El hombre se sienta en una silla oxidada, antiguo trono de muertos reyes. Su caja torácica se dobla, se aprieta, se hincha y se relaja. La mano en el mentón, la cabeza reposada como un tigre sobre la belleza, fija sus ojos en los cuerpos entrecruzados, confundidos, de la madre y la hija. Los hombros le duelen, y la espalda, y los ojos, ardientes como brasas. Pero no rinde tributo al cansancio. O lo intenta. Quizá el cansancio sea parte del amor. No puede saberlo.
La mujer separa gentilmente a la niña del pecho. La abraza, la apoya contra su pecho, golpeando suavemente entre sus omóplatos. La niña parece derretirse en el abrazo de la madre, los ojos cerrados, el cuerpo laxo. Eructa como un borracho. La madre sonríe. Otra vez con gentileza, transporta a la niña en brazos hasta la cama. La acuesta, le da un beso en la frente, se coloca el corpiño y se acomoda la remera. Luego se acuesta junto a la niña. Cierra los ojos, soñando el sueño.
El hombre observa los ojos cerrados, la respiración acompasada de ambas. Sonríe. Se rasca la cabeza, inseguro de su lugar en ese mundo. Se acerca, temblando, a la mujer, y la besa. Balbucea algo, se aleja.
Vuelve al trono roto, olvidado. Deja caer los brazos, deja caer el tiempo. Se vuelve lentamente una estatua, un monolito ritual, un guardián silencioso. Como una sombra se extiende sobre el pedazo de cama que ha quedado vacío, y allí desaparece.
La mujer despierta, lejos, en una nueva tierra. Una lágrima se pierde entre los cabellos de Ninhursag. Sumeria late de hambre.
24.11.18
El padre de arena
Sin puertas existo, abierto. Ellas duermen.
Cártago.
Un gemido gentil, otro sin aire.
Estos fósiles deben ser de dios.
Alargo mi sombra sobre ambas.
Hermosos, durmientes rostros.
¿De qué puedo proteger si no es de todo?
Las colinas dobladas, el dedo de una serpiente:
El dolor valiente de mi segunda alma,
sus pezones rotos:
El asombro doliente de mi inocencia,
sus pequeñas manos blancas:
El viento les cruza la frente,
mi alma les cruza los ojos:
No hay sombras, no hay zapatos,
no quedan monedas, no hay tristeza:
Hay sus brazos,
damas del tiempo y el espacio:
El mundo debió crearse
al encontrarse sus miradas:
El amor se cría durante el alba.
¿Duermen, amores míos? ¿O simplemente sueñan
con que yo estoy despierto?
Cártago.
Un gemido gentil, otro sin aire.
Estos fósiles deben ser de dios.
Alargo mi sombra sobre ambas.
Hermosos, durmientes rostros.
¿De qué puedo proteger si no es de todo?
Las colinas dobladas, el dedo de una serpiente:
El dolor valiente de mi segunda alma,
sus pezones rotos:
El asombro doliente de mi inocencia,
sus pequeñas manos blancas:
El viento les cruza la frente,
mi alma les cruza los ojos:
No hay sombras, no hay zapatos,
no quedan monedas, no hay tristeza:
Hay sus brazos,
damas del tiempo y el espacio:
El mundo debió crearse
al encontrarse sus miradas:
El amor se cría durante el alba.
¿Duermen, amores míos? ¿O simplemente sueñan
con que yo estoy despierto?
5.6.18
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alguien llora al lado mio?
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alguien llora al lado mio?
31.5.18
25.4.18
Todos los que mataron a la poesía XXIII
Serán Ceniza,
de José Ángel Valente
Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.
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