25.11.15

La lluvia circular

Con olor a siesta y a lluvia en las calles, un grupo de literatos y su público se encontraban reunidos en un bar donde esas tertulias y lecturas que dormirían a dios mismo. Se presentaban dos poetas: Por un lado una mujer, algo entrada en edad, de trayectoria firme, biografía que ocupaba una página y media en una edición de bolsillo, licenciada en Letras, reconocida mundialmente; por otro lado se encontraba un joven desconocido, llevado allí por un anciano poeta, amigo de la mujer reconocida, su padrino literario: un joven con ojos de viejo, tímido, sin historia, transpirado de tristeza y amargura, ignorado por sus contemporáneos: La idea de la presentación era dejar en vergüenza al joven, quien unos días atrás (mientras estaba borracho durante su solitario cumpleaños) se había atrevido a decir públicamente, a través de una columna en un periódico digital de mala muerte en el que participaba, que su poesía superaba a la de la mujer, que ella era reconocida porque el público se resentía a ser conformista, que la poesía de su generación ya no servía, que ninguna poesía servía ya, y que había que destruirlo todo. Alguien le había acercado el material a la mujer, quien lejos de ofenderse, le propuso al joven que demostrara lo que afirmaba en un debate público.
El sol afuera se metía entre las piernas de la gran ciudad. La lluvia formaba una cortina de nostalgia, levantando del asfalto una neblina rojiza.
Dentro, en la reunión, era momento de leer cada uno respectivos poemas a elección. El joven leyó, ausente, como despegando las palabras de la hoja. Se escucharon apenas unos aplausos. Al acabar se sentía abatido, con la sensación de que el público era sordo o él mudo. Luego leyó la mujer, quien aprovechando la ocasión daba difusión a su último y flamante libro. A su lectura le siguieron unos aplausos más efusivos y algún que otro grito de felicitaciones. Miró al joven. Inspeccionó su rostro, para ver si al fin lo estaba haciendo entrar en razón, pero el muchacho permanecía con el mismo rostro inmutable de siempre. Se propuso un intermedio.
El joven fumaba afuera, indiferente a las gotas que se colaban y le salpicaban el rostro. La mujer lo divisó y, sintiendo cierta compasión, se acercó:
Querido, dijo. ¿Cómo la estás pasando?
Mal, dijo el joven con los ojos apagados. Quiero que termine esto.
Podemos terminar cuando quieras, sonrió la mujer. Pero recuerda cuál es el propósito de esto. Determinar si te equivocabas o no. O sea, puedes terminarlo admitiendo tu derrota.
Un rayo sin trueno iluminó ambos rostros. Los ojos del joven estaban anegados de sangre e insomnio. La mujer vio cómo dejaba salir el humo por la nariz, y pensó en un toro fuera de control.
Esto lo hago por vanidad, dijo el joven. Yo ya he ganado, aún antes de decir que era mejor que nadie: He ganado al apoyar por primera vez el lápiz contra la hoja. Solo quiero que se me olvide.
Querido, disculpa que te lo diga de esta forma, pero eres bastante despreciable. Si tu forma de ver la poesía es una carrera contra el resto del mundo... Bueno, qué decir, es bastante triste. Pero de los golpes se aprende. Algún día vas a madurar y ver esto con perspectiva. Tienes talento, que no te arruine la soberbia.
El evento se reanudó. Ahora tocaba la única actividad que el joven había propuesto: Cada uno debía escribir un poema, y el público debía decidir qué poema era mejor.
Esto es inaudito, García, le dijo la mujer a su editor. No sé por qué te prestaste a esto.
Publicidad, mi amor, contestó el editor. Toda publicidad te viene bien para el libro inédito.
¿Ahora soy una vendida?
El editor rió. No, tonta. Tómalo como un juego. Hazlo por simpatía hacia el pobre muchacho, parece que requiere mucha atención el pobre.
Mejor terminemos con esto, gruñó la mujer, y se retiró al cubil donde debía escribir un poema improvisado.
El joven apenas había tardado cinco minutos en entrar y salir de su cubil con un papel arrugado en la mano. La mujer tardó unos quince minutos. Tiraron una moneda para ver quién debía leer primero: Le tocó a la poetisa. Se sentó erguida y orgullosa, aclaró la garganta y leyó:

Debajo del brazo la esperanza
y el otro brazo roto.
El camino circula como un espejismo
que parte donde termina,
que les indica a los viajeros
El principio y el final del viaje.
Yo sin camino ni gloria,
hecha ruinas de mi memoria,
te espero sobre los huesos de la oscuridad,
tan de mi carne
que a mi presencia sólo la amortigua
el final de los espejismos.

Los aplausos acompañaron a los truenos. Severas felicitaciones se dieron entre los presentes hacia la clara, espontánea y limpia poesía de la mujer. Esta se sintió gratificada. Sólo la incomodaba, apenas, el rostro ausente del joven, que parecía no estar. Hasta que alguien le indicó que era su turno para leer. El papel donde había escrito se había hecho un bollo. Lo abrió, alisó un poco, trató de aclarar la garganta y finalmente leyó:

Lector, usted que observa desde las alturas
a este poema y a este poeta,
no se indigne si aquí, 
sin pomposidad, 
se le dirige la palabra:
Ha oído un poema caer como una cascada,
limpio, grácil,
con el rugido interno de la inspiración:
Mire su reloj y marque la hora
para no olvidar jamás 
el día del juicio:
Recuerde siempre la belleza de esas palabras,
la lluvia cíclica en una ciudad muerta,
el compás de su certeza crítica
latiendo en su orgullosa existencia:
Sin más lírica,
quizás sin ninguna,
le pido ahora que olvide
a este poeta y a estas palabras,
pues este poema ha sido escrito
para perder.

Lo que siguió luego fue la incertidumbre materializándose. No se proclamó ganador. Todos los que habían atendido al lugar se retiraron confundidos, algunos molestos. Cuando el editor fue a buscar a la mujer para irse, la encontró parada bajo la lluvia, con los ojos perdidos en un vacío del espacio. 
Vamos, dijo el editor. 
Subieron a un coche. La lluvia parecía dolorosa. La noche era más oscura. Nada se supo del joven. Cuando la mujer preguntó por él a su editor, obtuvo una respuesta algo perturbadora:
¿Quién?