4.9.13

Un juego de guerra

Ella no existía si yo no la amaba:
precoz era la saliva derivándose hacia otra fuente,
la de sus manos o sus pies:
            En ella me inundaba.
Y era entonces tan pequeña que le temía a las briznas
de las judías verdes y a las finas cuerdas del virginal,
que a veces sonaba desde un sucio óleo de Vermeer.
Yo la abrazaba, me hundía como una raíz en su piel,
y a veces salían de sus poros bellas flores sedientas.
A través de los vellos y los abalorios
me tendía la mano y me invocaba sin miedo:
Pues existía solo si la amaba,
pero yo no era más que un recuerdo,
un fantasma que ella creara en solitaria noche de lobos

mientras jugaba Kriegspiel con su sombra.