24.10.13

La ondina patagónica

Bajando por una ruta,
la niebla densa como leche,
oí el lamento de una ondina.  
Lo busqué:
La dura Patagonia me perdía con todas
sus coníferas y fagáceas, con sus páramos febriles:
Bañándose en un mallín de agua
vi una mujer con manos de cuarzo y pelo de ira:
Me indicó que me sentara a su lado,
mientras se doblaba blanca sobre la sal,
suficiente de ella misma:
Le dije que escapaba a las pasiones de los hombres,
que entre tapias y planchas torcían los destinos tristes:
Rozó mi mejilla con un gesto materno:
“No es el odio”, dijo, mientras blandía un pájaro de hielo,
“No es eso, ni la malicia, ni la locura lo que nos lastima:
Son las pasiones las que nos arrastran a destruir a los otros.”
Me indicó con un dedo el lugar que ocupaba el corazón:
Desde ese día, entre maderas arcanas y estepas negras
el único sitio que permanece vacío es ese:
De vez en cuando lo llena un recuerdo,
pero los agoreros se encargan de sacrificarlo
para el banquete del fin del mundo.