15.7.13

Destrucción del mundo

Vi tus ojos danzar mesuradamente, en amanecer ya ciego,
susurrando que te mordía el miedo. No pude más que eso.
Como un chacal despedazado fui desterrado hacia el aire.
Vi entonces la combustión de unas flores, hechas amasijo en una estrella,
cortando la garganta del canto. Algunas plumas circulatorias
de cernícalos que vigilaban con un solo ojo el aleteo de las moscas
sudaban aceite en el calor de las flores cortando y cortando
quemaron mil graneros en un solo hombre agreste.
La indignada familia expandió la peste.
Vi sus labios melindrosos, la terrible dentadura de la plaga,
buscar a través de tierra y agua hogares para la muerte.
Frágiles eran las pestilencias secándose en dos patas, huéspedes
del último y razones del inicio,
que sembraban a paso y pena torcazas en el embrión del cruce asfáltico.
Al cemento se enredaban como madreselvas orgullosas.
Vi escupir maledicencia a ciudades abiertas, cerradas,
viñas químicas, arrozales de caucho, cañaverales omnívoros,
prados y salinas unidos y naciendo, copulando y pariendo
bestias amables, futuro alimento para los estómagos del ídolo.
Vi a la perra babilónica meter su lengua sangrienta
                                                  como un gusano herido
entre los dientes del dios que la perdonó pero no la olvidó, la lengua
lijando el paladar y clavándose en el corazón a cada latido. Ella,
con las piernas abiertas, le permitió al dios volver a ser concebido.
Vi yeguas y caballos fabulosos fustigándose con raíces sin árbol,
desollándose y tajándose la euforia con cabellos metálicos ruidos sordos,
y sopesar un cáliz trigueño, soportante de la sangre de Troya,
desangre de los cerdos vendidos por el oráculo de las fronteras.
Vi los muslos de las ciudades fláccidos, que entre espasmos
desenrollaban las tripas de la capital de la piedra y la vida
con los dedos anacrónicos de la historia sobre pies de intelectuales,
algunos montados en el ramaje pérfido de ciervos viejos y estúpidos
que trotaban de la sangre hacia atrás.
Críen cerdos y cosecharán hambre, oí decir a un primitivo feroz,
y vi salir de su espalda dos brazos de piedra, granito,
y a él caer sobre ellos y caminar sobre la tela de la conciencia,
desatando hilo por hilo a la dama de mechones gris tristeza.
Vi a la muerte hablando otro idioma.
Luego vi, como sesgándome iba sobre los trinos y las siegas,
una voluta de no sé qué recuerdo aprovechando mi descuido de planeador furioso
sobre la nada, la nada misma, flotando en firme tristeza. Vi.
Otros inviernos invitarán a morirnos el uno al otro sobre el cuerpo desnudo de la lluvia sobre las membranas, otros inviernos matarán las orquídeas que hemos florecido filtrando miel sobre donde no choca el metal de la luna.
Este no. Este ha terminado por mí, y la muerte.
Entonces, rodando como un río herido, me volví y miré a sus ojos.
Y ella: Es suficiente.
Y yo: Sí, lo es.
Y ella: Volverás a mirarme mañana.

Y yo: Mañana, amor mío, pero hoy, por tu vida te lo ruego, no cierres los ojos.