19.8.13

El paso de alguien fugitivo de la muerte

La vi una vez, una noche: hablamos de verdad en verdad
sobre las posiciones de la salamandra o la coral, de las lluvias
que caían los domingos sobre los bigotes adormecidos,
de los fantasmas que bebían la borra del café en cocinas de profetas:
Hablamos de todo y nada, como suele ser un encuentro que es todo y nada,
y ella volvió sola a su casa, y bajo la poca luz de luna que la alumbraba
se mató, dejando un prolijo charco de sangre bajo su piel blanca.
Al saber perdidos esos ojos  se me abrieron las manos
descalabradas de locura, sangrando necesidad o sed,
hambre de volver a comerla con las caricias,
ansiedad de volverla el peor miedo en mis noches de chapas y plomos,
enfermedad, lámina ardiente que cubriera la cara
torcida de suspiros, marrón de cosechar besos;
al doblarse los mares bajo sus pies comencé mi búsqueda herida:
aplacando tormentas de vidrio,
levantando de la jaula a lo olvidado,
destronando visiones en deseos de reyes:

Di muerte a la historia por recuperar la suya,
y pasé, casa por casa, interrogando con violencia a cada madero,
cada ladrillo, cada pretil, cada balcón, cada baldosa
donde todos los suicidas hubieran dormido.

Así fue mi paso por la tierra tras escucharla existir,
pero ella pasó, ya había pasado desde antes:
antes de plantarle cara a la muerte,
ella ya había pasado por esos lugares

como un huracán apagando velas.